El regalo
El regalo Él se cruzó de brazos. No tenía ganas de filosofar. Lo único que quería era recuperar su coche, su vida.
Pero algo en la manera en que el viejo hablaba, en su calma absurda, empezó a inquietarlo.
—¿Falta mucho para la comisaría?
El hombre sonrió.
—No. Ya casi llegamos.
El cartel apareció de repente en la curva. Dos palabras pintadas con brocha sobre una madera vieja.
Bienvenido a La Isla.
Pero no había mar.
No había agua.
Solo una carretera que se internaba en lo desconocido.
Y en ese instante, supo que ya no había vuelta atrás.
El cartel quedó atrás, tragado por la oscuridad.
—¿Qué es La Isla? —preguntó, con la garganta seca.
El hombre al volante sonrió, como si esperara la pregunta.
—Un lugar diferente.
—¿Diferente cómo?
El viejo no respondió. Solo encendió la radio. Un murmullo de estática llenó la furgoneta.
