El regalo
El regalo Él apoyó la cabeza contra el vidrio. El cansancio lo golpeó de repente, como una ola frÃa. No habÃa dormido en más de un dÃa, y el peso de todo lo que habÃa perdido lo aplastaba. Su coche, su dinero, su móvil, su seguridad…
Se obligó a mantenerse despierto.
—¿Dónde está la comisarÃa? —insistió.
—Paciencia, amigo. Todo a su tiempo.
La carretera serpenteaba entre colinas. Sin luces, sin edificios, sin indicios de civilización. Solo el asfalto y la nada.
Algo no estaba bien.
Cuando la furgoneta se detuvo, lo primero que sintió fue el frÃo.
No un frÃo común, sino uno seco, extraño, que parecÃa salir del suelo mismo.
Se frotó los brazos.
—Llegamos —dijo el viejo.
Frente a ellos, un edificio bajo, de madera, con un letrero que decÃa "Oficina". No habÃa patrullas, ni oficiales, ni nada que se pareciera a una comisarÃa.
Él no se movió.
—¿Dónde estamos?
—En el lugar donde debes estar.
—No me jodas. ¿Dónde estamos?
El viejo soltó un suspiro y apagó el motor.
