Invisible
Invisible En casa, la indiferencia tenía otro nombre: rutina. “Son cosas de chicos”, decía su padre. “Ignóralos”, aconsejaba su madre. Nadie imaginaba que el silencio también puede asfixiar. Él asentía, fingiendo que entendía, pero por dentro se apagaba. Cada día un poco más.
Por las noches, se encerraba en el baño y observaba su reflejo. Intentaba encontrar algo en los ojos, una chispa, un rastro de sí mismo. Pero solo veía cansancio. Las lágrimas caían sin fuerza, como si ya ni eso doliera. Fue entonces cuando comprendió que el peor castigo no era ser golpeado, sino ser visto y que a nadie le importara. Porque hay miradas que hieren, pero hay otras, las ausentes, que matan lentamente.
El baño del colegio era su escondite, su trinchera improvisada. Allí el aire olía a lejía y resignación. Se encerraba en el último cubículo, el que tenía la puerta rota, para contar los minutos hasta el timbre. Escuchaba cómo las voces se acercaban, cómo las risas se volvían cuchillos. “¿Dónde está tu capa, Superman?” “¿No que eras invisible?” Golpes en la puerta, carcajadas, botellas de agua vacías arrojadas por encima del tabique. Y él, encogido, con las manos en los oídos, rezando para que el ruido se disolviera.