El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Hijos mÃos, aún permaneceré algunas horas entre vosotros; mas luego me buscaréis y no me encontraréis, porque donde Yo voy vosotros no podéis venir. Un mandamiento nuevo os voy a encargar, no le olvidéis nunca: Amaos los unos a los otros como Yo os he amado. No separéis de vuestros corazones la caridad, que en eso os conoceré desde arriba por mis discÃpulos. Jamás deis entrada en vuestros pechos a la avaricia; tratad a los hombres como hermanos que son vuestros.
—Si por la noche al retiraros a vuestras moradas os halláis un denario en vuestras bolsas, levantaos, salid de la casa sin temer ni a la lluvia, ni al viento, ni al frÃo; buscad al menesteroso, dádselo, y después entregaos al sueño dulce y bienhechor del que siembre el bien en la tierra.
Jesús se detuvo. Inclinó su radiosa frente sobre el pecho y un suspiro se escapó de sus labios.
Pedro, cuyo carácter noble e impetuoso no estaba conforme con la separación que acababa de anunciarle su Maestro, aprovechando aquella corta pausa, exclamó:
—Señor, has dicho que donde Tú vas no podemos seguirte. ¿Por qué no puedo seguirte yo? Mi alma y mi vida son tuyas, dispón de ellas: no creas que me arredra el peligro. ¿Qué mayor gloria que morir por Ti?
Jesús contempló con amorosa mirada a Pedro y le dijo, enviándole una sonrisa llena de ternura: