El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota San Epifanio, en el siglo IV, nos la describe de este modo: Su talle era algo más que mediano; su tez, ligeramente dorada, como la de Sulamita por el sol de su patria, tenÃa el rico matiz de las espigas de Egipto; sus cabellos eran rubios; sus ojos vivos; su pupila tirando un poco a color de aceituna;[31] sus cejas perfectamente arqueadas y de un negro el más hermoso; su nariz, de una perfección notable, era aguileña; sus labios sonrosados; el corte de su semblante hermosamente ovalado; sus manos y sus dedos eran largos.
MarÃa, pues, según el dictamen de algunos sabios comentadores de la Sagrada Escritura, encerraba en ella sola, todos los ricos tesoros de la belleza, caridad, valor y virtud que podrÃa reunir el grandioso catálogo de las mujeres de la Biblia. En el puro e inmaculado vaso en que se encerraba su ser se habÃan reunido todas las perfecciones que el Eterno puede otorgar a una criatura.