El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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La Madre de Dios no se concibe de otro modo. La importante, la dolorosa, la regeneradora misión a que estaba destinada desde el momento que su pecho virginal respiró en la tierra de los hombres el primer soplo de vida, tan sólo una mujer tocada en el corazón por el soplo de Dios podía llevarla a cabo. Por eso, Dios, que la había elegido para que el mundo la invocase en lo venidero con el excelso nombre de su Madre, hizo que María fuese casta como Susana; bella y valerosa como Esther, la judía que evitó el exterminio de sus compatriotas; prudente como Abigail, la esposa de David; previsora como la profetisa Débora, que supo gobernar a los hebreos y salvarles de la dominación de los cananeos, y sufrida y resignada como la madre inmortal de los Macabeos.[32]

Terminaremos el retrato de la Virgen con decir que hablaba poco, que era sencilla en sus palabras y modesta en su porte, y no le gustaba dejarse ver, a pesar de ser joven y hermosa.

Así se hallaban las cosas, cuando en el cielo sonó la hora para que comenzaran las lágrimas a empañar las limpias pupilas de la Virgen. A Dios le plugo que diera principio la prueba terrible a que la había destinado.

Zacarías, gran sacerdote y pariente de María, entró una tarde en su celda y le dijo:

—Cúbrete la cabeza con tu manto y sígueme.

—¿A dónde, señor? —preguntó la joven.


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