El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Hijos de los hombres, escuchad la voz del que tiene la llave de la eternidad; oíd la palabra de aquel que enfrena la furia de los mares y torna en céfiro blando el devastador aliento del huracán; escuchad el acento del que da la luz al sol, fruto a los campos, aroma a las flores; oíd la palabra del Ser infinito que presta llamas al infierno y poder a la muerte, y si existe bajo la azul inmensidad una criatura que quiera morir por el género humano, si hay un hombre que se atreva a soportar la muerte más dolorosa que sufrió ser alguno desde el justo Abel hasta el presente, si hay una criatura que quiera aparecer ante la presencia de Dios, que responda: el Eterno la espera.
—Señor —exclamó Jesús—, mi cuerpo se halla dispuesto al sacrificio. Perezca yo, rasguen los hombres mi carne en pedazos, si mi dolorosa muerte ha de salvar al género humano.
Entonces la bóveda de la gruta se abrió como para dar paso a las palabras del futuro Mártir. Un rayo de luz esplendorosa descendió de los cielos. Aquella luz bañó con sus divinos rayos el cuerpo de Jesús, que permanecía orando con el rostro pegado a la tierra. Después tornó a juntarse la bóveda y las tinieblas reinaron por segunda vez en la gruta. Aquel rayo de luz celestial llenó de valor el corazón de Jesús. Se puso en pie y dijo con tranquilo acento: