El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Escucha —dijo después de una corta pausa— la sangrienta historia de esa raza que quieres salvar con tu sangre inocente y dime después si es digna de tan heroico sacrificio. Después del alevoso asesinato de Caín, crucemos sin detenernos por un inmenso mar de sangre que cubren las gigantescas olas del diluvio universal. El castigo de Dios estaba cercano. Los rastros de la cólera divina veíanse aún en la tierra cuando nació un Nemrod que fue el ladrón más grande que desde el principio había pisado la tierra de los hombres; porque Nemrod, privando a todos de su libertad, se erigió señor por la fuerza y se hizo adorar como Dios, siendo un miserable asesino. Siguiendo la historia del pueblo elegido por Dios, nos encontramos con el incesto de las hijas de Lot, con la rabia de Esaú para con su hermano Jacob, con la atroz perfidia de Simeón y Leví, con la infame venta del casto José. El ruido de las cadenas, los lamentos de dolor, no cesan nunca. Adonibezech corta los pies y las manos a cincuenta señores y los ata debajo de su mesa, diciendo que aquellos lamentos le ayudan a hacer la digestión; Abimelech, para ceñirse la corona, degüella sesenta hermanos, y el persa Artajerjes VIII, por el mismo motivo, asesina ochenta y cinco entre hermanos y parientes. Dalila, modelo de perfidia, vende a su esposo Sansón; Helí pierde a Israel por su torpeza; Saúl es devorado por la envidia; Athalía degüella los primogénitos de Judá; Amán es incestuoso; Absalón traidor y Adonais fratricida; Salomón, su padre, llora amargamente en los últimos años de su vida la perfidia de sus hijos. Detrás del rey poeta siguen en Israel diecinueve tigres con la frente coronada: la tierra se enrojece con la sangre de las víctimas; el pueblo se empobrece con la codicia de sus tiranos, y la virtud huye avergonzada de la nación elegida. Después sigue Aristóbulo, que mató de hambre a su madre; Hircano, que quiere usurpar la corona a su padre, y la guerra civil devasta la Judea. El estandarte vencedor de Pompeyo recorre las tribus, saqueando los indefensos descendientes de Jacob, y por último, Herodes el Grande cae sobre Israel como un azote. Su terrible cuchilla nada respeta: la sangre corre hasta en su mismo palacio, y la de sus mujeres y sus hijos se mezcla con la de los inocentes belemitas y la de su oprimido pueblo. El mismo templo de Sión se mancha con la del justo Zacarías. Con la tuya ¡oh Jesús! se manchará en breve la cumbre del Gólgota. ¿Y por esa raza de incestuosos, de fratricidas, de verdugos y asesinos vas a sacrificarte? —y Luzbel soltó una terrible carcajada, que hizo estremecer las bóvedas de la gruta.