El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Pues que para convencerte no te bastan los crímenes célebres que ha perpetrado esa raza maldita que quieres salvar, escucha. Dios me concede sólo tres horas para ponerte a prueba; corto espacio por cierto. Para recordarte las infamias del hombre se necesitarían mil días con sus noches, pero aprovecharé el tiempo. Ya has oído en extracto la historia criminal del pueblo predilecto del Señor. Ahora te iré revelando a la ventura la de otros países. Cambises, ciego por la ambición, sepultó un inmenso ejército en los desiertos arenosos de África; Artebano asesina a Jerjes y acusa a Darío, que muere degollado por su hermano Artajerjes: Slatira, mujer cruel, hace matar a su suegra Perisatas; la concubina Aspasia revela a su señor Artajerjes II que uno de sus hijos la solicita, y aquel padre cruel ejecuta una horrible matanza, porque tuvo tres hijos legítimos y ciento doce bastardos. A este bárbaro le sucedió el asesino Artajerjes III, que extinguió su numerosa familia. Quinto Curcio asesina más tarde veintiséis hermanos. El cuchillo se embota en la mano del eunuco Bogoas, pero el tirano le grita: «¡Mata!». Algún tiempo después el veneno de Bogoas venga las víctimas de Curcio. El eunuco aficionado a la muerte, prepara por segunda vez el veneno para su nuevo señor; pero es descubierto, y le obliga a apurar la copa, y muere; luego Alejandro, en el Asia, derrota a Darío; pero el puñal de Beso, su vasallo, corta el hilo de su existencia. Si diriges los ojos a la moderna república de Roma, ¿qué hallarás? Sangre como en todas partes. Rómulo mata a su hermano Remo; Numa Pompilio, siendo un farsante, se hace adorar por su pueblo; Tulio Hostilio, más que hombre, es un lobo carnicero que ensancha las fronteras de Italia; Tarquino Prisco añade doce pueblos a la república y muere a manos de sus hijos: Tulia, la esposa de Tarquino el Soberbio, obliga a su marido a que mate a su madre, y después aplasta el cadáver bajo las doradas ruedas de su carroza; Appio Claudio se enamora brutalmente de la casta Virginia, y no pudiendo conseguir una caricia, le manda degollar en una plaza pública en presencia de su padre; Mario y Syla, con sus tablas de proscripción, derraman tanta sangre por las calles de Roma, que el Tíber se desborda de sus márgenes; Julio César muere a manos del más querido de sus amigos, y Augusto, Marco Antonio y Lépido sacrifican a sus parciales, pero reinan juntos y se devoran más tarde; y Tiberio, el señor de Roma, manda crucificar a las madres por el solo delito de haber llorado la muerte de sus hijos. Pero el plazo va a terminar: no puedo detenerme a relatar los crímenes de Nerón, de Calígula, de Cómodo y otros asesinos ilustres que serán mañana; ni los de Orestes, que mata a su madre; ni los de Medea, que asesina a sus hijos; ni de Tieste, que se los come. Nada quiero decirte de Anteno, que edificó una pirámide con los cráneos de los extranjeros que cruzaban sus tierras; ni de Manasés, que hizo aserrar por la mitad al profeta que hace cerca de nueve siglos profetizó la dolorosa muerte que te espera.