El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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Este juramento pareció tranquilizar a los que le rodeaban. Pedro abandonó aquel sitio, pero apenas habría caminado doce pasos, cuando el gallo cantó por tercera vez. Entonces recordó las proféticas palabras de su Maestro, y amargo y doloroso llanto corrió de sus ojos. Comenzaba a amanecer. Pedro se ocultó en el quicio de una puerta. Los servidores del pontífice, que habían colocado una corona de nabka, cuyas punzadoras espinas se clavaban dolorosamente en la frente de Jesús, y un viejo tapete sobre sus hombros, para que imitara la púrpura de los emperadores, cansados de ejecutar la sangrienta burla, se disponían a arrastrar al preso a casa de Pilato, el procurador romano, que debía firmar la sentencia, como único juez que tenía derecho de vida y muerte sobre los reos.

Un centurión detuvo a la comitiva, diciendo:

—Aún es muy temprano para molestar a Pilato; esperad que el sol pueda alumbrar el rostro del reo y del juez. Los fariseos tienen miedo de sentenciarle de noche.

Entonces Jesús fue encerrado en un cuarto o bóveda que recibía la luz por una reja. Una tea de abeto alumbraba aquella habitación. A su rojo y oscilante resplandor podía verse a Jesús y a los saldados que le custodiaban. Algunos curiosos iban a contemplarle a través de los hierros de la reja, desde donde le prodigaban toda clase de insultos.


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