El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Desecha tus temores, esposa mÃa —contestó Poncio sonriendo—. Yo bien sé que esta triste ciudad de Jerusalén no es muy de tu agrado, pero ¿qué quieres?, tu pariente Tiberio dice que necesita que un hombre como yo le represente en Israel y es preciso conformarse a vivir en este destierro hasta el dÃa que se apiade de nosotros, que confÃo que no está lejos. Mientras llega ese momento feliz, vive tranquila; tu esposo y sus legiones velan por ti. Además, los judÃos conocen que son impotentes ante la espada triunfadora de los hijos del TÃber.
—No es eso, no, Poncio —exclamó Claudia—. Lo que en este momento me sobresalta, lo que me aflige, es un sacrilegio, un deicidio, una cosa horrible, espantosa, que van a cometer los sacerdotes y que no quiero que tú sanciones con tu aprobación.
—Claudia mÃa, tus palabras me admiran: te ruego, pues, que te expliques.
—¿Conoces tú a Jesús Nazareno?
—¡Ah!, sÃ, ese galileo que recorre las tribus curando enfermos, ese hombre extraordinario que predica una ley nueva, el que dice que los hombres son hermanos, que el último será el primero en el reino de su Padre y qué sé yo cuántas cosas más, cuyo significado no comprendo. Pero, ¿qué tiene que ver ese hombre con tu sobresalto?