El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Pues yo he visto a través de las paredes de mi cámara una horda de hombres feroces que armados de lanzas y palos salÃan por la puerta de las Aguas a las doce de la noche. Entre estos hombres iban soldados tuyos, ancianos y sacerdotes del Consejo. Llegaron al monte de los Olivos. Allà estaba Jesús orando, como de costumbre. Al verle se arrojaron sobre Él como lobos hambrientos. Jesús, con su inquebrantable mansedumbre, se dejó atar las manos a la espalda; luego le condujeron a la ciudad a casa del pontÃfice. Por el camino, las burlas sangrientas, los crueles golpes se prodigaron con un lujo criminal. Jesús lo sufrÃa todo, diciendo con dulcÃsima voz: «Perdónalos, Padre mÃo, no saben lo que se hacen.» ¡Poncio! en Jerusalén va a cometerse un crimen espantoso. La sangre del inocente galileo caerá sobre tu nombre, mancillándole eternamente. Tú eres juez romano, tú solo tienes derecho de vida y muerte sobre los judÃos; yo vengo a rogarte que no seas cómplice de tan nefando crimen.
—Desecha vanos temores —contestó Pilato, algo preocupado con la narración de su esposa—. Tú lo has dicho, todo eso no es otra cosa que un sueño, pero si ese sueño fuera una realidad, te juro que yo defenderé a Jesús, siempre que Jesús no haya conspirado contra Tiberio.
—No olvides que tengo tu palabra.