El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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Pilato, que era un hombre justo y recto, aunque algo tímido y político, comenzaba a desagradarle que el nombre de Tiberio se mezclara en aquel asunto; así es que, deseando acabar pronto, mandó a un lictor para que hiciera subir al pretorio a Jesús. El lictor bajó a la plaza y dijo al Nazareno:

—Pilato, mi señor, te espera: sigue mis pasos.

Jesús siguió al mensajero con paso tranquilo. Poncio estuvo contemplando algunos segundos la mansedumbre del Nazareno. En los divinos ojos de Jesús había tal bondad, que el juez romano no pudo menos de murmurar en voz baja:

—Este hombre no puede ser criminal: lleva escrito en el rostro la belleza de su alma.

Después le preguntó con acento dulce y cariñoso:

—¿Eres tú el rey de los judíos?

Jesús contestó fijando su hermosa mirada en la de Poncio:

—¿Dices tú eso por ti mismo, o lo han dicho otros de Mí?

Pilato meditó un momento, porque la voz de Jesús había producido en su alma una dulce sensación. Después dijo:

—¿Soy yo acaso judío? Tu nación y los pontífices te han puesto en mis manos. ¿Qué has hecho para que deseen tu muerte con tenaz empeño?


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