El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Una idea asaltó su mente y se propuso ponerle a prueba, creyéndola una esperanza. Entre los hebreos había la costumbre de dar libertad en los días de Pascua a un criminal. A pocos pasos del palacio del juez romano se hallaba la cárcel y en una de sus mazmorras, cargado de cadenas, yacía un criminal, un ladrón, un asesino, cuyo solo nombre asustaba a la gente honrada. Este hombre debía morir en la cruz, pasadas las fiestas, y se llamaba Barr-Abbas. Pilato asomóse por segunda vez al balcón e indicó que iba a hablar. El pueblo calló.
—¡Judíos! —les dijo—, he interrogado por tercera vez a Jesús y mi conciencia me dice que es inocente o, al menos, que no merece la muerte. Entre vosotros existe la costumbre de conceder la libertad a un criminal en estos días. ¿Queréis que se suelte a Jesús o a Barr-Abbas?
—¡Haz morir a Jesús! ¡Suéltanos a Barr-Abbas! —exclamaron los sacerdotes.
Pilato volvió a retirarse del balcón. A pesar de la debilidad de su carácter, se resistía a matar a Jesús. Hizo el último esfuerzo: volvió a interrogar nuevamente al reo, pero el reo continuaba encerrado en su sublime silencio.
—¿Por qué no me respondes? —le dijo Pilato—. ¿No sabes que en mi mano está tu muerte o tu vida?