El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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Jesús, que no se había defendido, al oír las palabras del juez romano le dirigió una mirada que le hizo estremecer, y dijo con pausado acento:

—Ninguna potestad tendrías sobre Mí, si no te fuera dada de lo alto.

Las palabras, el acento, la mirada de Jesús, todo en aquel hombre tenía una majestad tan sublime, que Pilato sintió una cosa extraordinaria dentro de su ser.

Jesús en aquel momento le parecía un Dios. Sus manos, firmando la sentencia de su muerte, se manchaban para una eternidad. Su corazón, poco antes indeciso y débil, se revistió de valor y tornó a asomarse al balcón, resuelto a salvar al acusado.

—¡Pueblo!, en vano será —le dijo— que vociferes al pie de mis balcones. Jesús es un justo y no es honroso para un juez firmar la sentencia de muerte del inocente. Pido, pues, su libertad.

Esta resolución irritó de un modo horrible a los sacerdotes y a la plebe. Caifás, que formaba a la cabeza de aquellas fieras, habló de este modo:


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