El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Los asombrados discÃpulos apenas podÃan dar crédito a lo que veÃan. Pedro el primero, repuesto un tanto de su asombro y creyéndose el más pecador por haberle negado tres veces, cayó a los pies de Cristo y juntando las manos en ademán suplicante, exclamó:
—¿Eres Tú, Maestro? ¿Eres Tú el Cristo? ¿Eres Tú el MesÃas? ¡Ah, Señor!…
—Yo soy —les dijo Dios.
Y luego, extendiendo la mano sobre los apóstoles, les llenó de su divina esencia, diciéndoles:
—Recibid el EspÃritu Santo: aquellos a quienes perdonareis los pecados, perdonados les son, y aquellos a quienes les retuvieseis, retenidos le son.
Después de esto desapareció del mismo modo que habÃa aparecido, sin saber por dónde. Ocho dÃas después, los apóstoles se hallaban reunidos en el mismo sitio y con la puerta cerrada. Los escribas, los sacerdotes y los fariseos habÃan comprado a fuerza de oro el silencio de los soldados guardadores del sepulcro, para que el asombroso acontecimiento de la resurrección no se esparciera.
Los apóstoles eran acusados como los ladrones del cuerpo de Cristo. En el Sinedrio se meditaba la manera de prenderlos, y aquel puñado de ovejas se agrupaba durante la noche para tratar de la predicación del Evangelio.