El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Los apóstoles trataban de persuadir a Tomás que el Maestro habÃa estado entre ellos, pero Tomás, con la sonrisa del incrédulo en los labios, murmuraba en voz baja:
—Para que Tomás crea, hermanos mÃos, es preciso que vea y que toque.
La tercera vez que repitió estas palabras, con algún disgusto de los apóstoles, apareció Cristo, sin saber por dónde, entre ellos y como la vez primera, les dijo con dulzura:
—La paz sea con vosotros.
Los discÃpulos retroceden asombrados, pero el incrédulo apóstol tuvo que apoyarse en una pared para no caer al suelo; tal fue su sorpresa. Jesús, con paso tranquilo, majestuoso ademán y mirada serena, fue acercándose hacia Tomás, que le miraba con espantados ojos. Cuando estuvo muy cerca, añadió:
—Acércate a tu Maestro, mete aquà tu dedo, examina esta llaga, sondea, después, la del costado y no seas ya más tiempo incrédulo sino fiel.
Tomás, que habÃa escuchado las palabras de Jesús y habÃa visto las heridas que su Maestro le enseñaba, cayó confundido a sus pies, exclamando con doloroso acento:
—Perdón por mi duda, Señor y Dios mÃo: el martirio no podrá, con su doloroso tormento, apagar la luz vivificadora de mi fe.