El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Herodes volvió la cabeza, y al ver a su nieto apareció una sonrisa en sus labios.
—¿Cómo me encuentras? —le preguntó con aturdimiento el niño, dando una vuelta en redondo para que le viera mejor.
—Estás hecho un capitán del César. Pero, ¿a qué vienen esos aprestos militares en tiempos de paz? ¿Por qué abandonas tu lecho antes que el sol salude con sus rayos las tumbas del valle de Josafat?
—Si me prometes no enfadarte conmigo voy a decírtelo.
Y el joven se detuvo, temeroso de que su abuelo le reprendiera por lo que iba a revelar.
—Habla y nada temas, Achiab: tú sabes que soy harto condescendiente contigo.
—Pues bien, señor. Cingo, tu esclavo favorito, es muy amigo mío desde que tú le nombraste mi maestro, y yo te lo agradezco; porque Ptolomeo, el viejo guardasellos de tu corona, maldito lo que me enseñaba. Huraño y regañón, jamás clava una saeta en el blanco, nunca puede desarmar a un esclavo, y siempre que ha pretendido montar tu yegua siriaca, el ardiente animal le ha arrojado por las orejas. Dime, abuelito: cuando tenías guerra, ¿era valiente Ptolomeo?
Herodes, el feroz verdugo de Belén, era débil ante aquel niño, como Sansón a los pies de Dalila.