El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Ptolomeo es un servidor fiel, y te prohÃbo que le quieras mal —le respondió con dulzura Herodes.
—Pues entonces dejemos a tu guardasellos: hoy no quiero que te enfades conmigo, y vuelvo a hablar de Cingo, el cual, viendo que ayer clavaba cuatro flechas seguidas en el blanco, exclamó dando una patada en el suelo:
«—¡Por vida de Júpiter OlÃmpico, prÃncipe mÃo, que de todo corazón siento dejarte ahora que con tanta rapidez adelantas en el ejercicio de las armas!»
—¿Que me dejas? —le dije.
«—Mañana nos trasladamos a Jericó, y los dioses sólo saben cómo encontraré a mi discÃpulo cuando regrese a Jerusalén».
—¿Por qué no me llevas contigo? —volvà a decirle.
«—PrÃncipe Achiab, Cingo no es más que un esclavo —me respondió—: tu abuelo es mi rey; pÃdele su venia, que yo estaré muy contento si te veo cabalgar a mi lado».
—Siguiendo, pues, sus consejos y mis deseos, vengo a decirte, abuelo, que yo quiero acompañarte a Jericó. ¿Verdad que tú también quieres que te acompañe Achiab?
—Es preciso que tu padre Archelao lo consienta.