El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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—¡Ah! Pues entonces de seguro no voy… Pero tú eres el rey: aquí todos te prestamos obediencia: ¿Quién osará contradecir una orden tuya?

Herodes, que, como todos los tiranos, era débil ante la adulación, cogiendo cariñosamente a su nieto Achiab por la barba, le dijo:

—Vendrás.

El niño dio un salto, y colgándose de los hombros de su abuelo y cubriendo de besos aquellas barbas que hacían temblar a los hebreos, exclamó con infantil entusiasmo:

—Tú eres bueno, rey y señor, muy bueno para conmigo; pero yo te prometo ser un muchacho obediente y aplicado.

Archelao, hijo de Herodes, entró en ese momento en la cámara real. Tenía triste la faz y la mirada inquieta. Su hijo Achiab perdió la alegría a la vista de su padre.

—Señor —dijo Archelao con voz agitada dirigiéndose a Herodes—, desde la torre de Hípicos al valle de Josafat, desde la puerta de Efraim al templo de Sión, se ha levantado una voz de alarma, producida por la llegada de unos reyes extranjeros que vienen en busca del rey de Judá que acaba de nacer. Padre, ¿quién es ese rey que viene a usurparnos la corona?

Herodes, que se estremecía a cada palabra que pronunciaba su hijo, procuró dominarse diciendo:


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