El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Nada temas, Archelao; los sueños de los judÃos deben inspirar desprecio a los herederos de Herodes.
Y luego, dirigiendo la palabra a su nieto, continuó:
—Achiab, corre a decir a mi esclavo Cingo que deseo partir al instante: tú me acompañarás.
Achiab besó la mano de su abuelo y salió de la cámara saltando de alegrÃa.
Cuando Archelao y Herodes quedaron solos, éste dijo a su hijo bajando la voz:
—Tú, hijo mÃo, te quedas en Jerusalén; yo parto a Jericó a hacer los aprestos de un viaje a Roma, donde tus rebeldes hermanos me acusan; pero antes de partir, escucha bien lo que voy a decirte, y no olvides que del cumplimiento exacto de mis órdenes depende que esta corona que descansa sobre mis sienes pase mañana a tu cabeza. Esos sabios caldeos que han sembrado la alarma en nuestra ciudad, tornarán a darme noticia de ese rey que buscan; entonces te apoderarás de ellos y me los mandas a Jericó presos entre dos muros de lanzas.
—Serás obedecido —contestó con gozo Archelao, en cuyas venas ardÃa la podrida sangre de su padre—. Mientras tanto, duerme tranquilo: tú reinarás en Galilea aunque sea preciso para ello llenar el Cedrón de sangre humana.