El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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Herodes, asomándose a la ventana por la que comenzaban a entrar los rayos del sol naciente, agitó un pañuelo, y al instante resonó en la plaza el toque de las trompetas.

Después, cogiendo la varita de metal, volvió a arrancar de la plancha de acero tres sonidos vibrantes.

Salomé, Alejo y Verutidio se presentaron en la puerta.

—¿Y los médicos? —preguntó Herodes a su hermana.

—Esperan en la plaza y te acompañarán a Jericó.

—Pero, ¿qué te han dicho?

—Hoy, como siempre, te aconsejan los baños termales de Calliroe.

—¡Bah! Los médicos siempre acaban por lo mismo: cuando se ven perdidos entregan el cuerpo en brazos de la naturaleza. Vamos.

Y salieron de la cámara.

Verutidio, el general romano, iba delante. Herodes, apoyado en el brazo de su hermana y de Alejo, bajaba en pos la ancha escalera del palacio. Detrás, grave y cejijunto, seguía el guardasellos del palacio, Ptolomeo. Cuando llegó a los pórticos, una riquísima litera le esperaba. Cingo abrió la portezuela, y puso una rodilla para servir de estribo a su señor. A su lado se hallaba Achiab, montado en una gallarda yegua de raza siriaca.


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