El mártir del Gólgota

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Dimas, pues él era el que había pronunciado las tranquilizadoras palabras, se abrió paso por entre sus compañeros, y acercándose a San José, que estaba absorto sin despegar los labios, volvió a decirle:

—Nada temas, anciano: las canas de tu barba son una garantía para tu persona, y en cuanto a esa pobre mujer que oprime a su tierno infante, temerosa de que le ofendan, puedes tranquilizarla que ningún riesgo corre entre nosotros. Si alguno se atreviera a ofenderla nuestro puñal daría buena cuenta de él. Pero la noche es fría y veo que esa infeliz se halla calada de agua. Toma, ofrécele mi matelot para que se abrigue.

Y Dimas se quitó sin afectación el manto de pelo de cabra que llevaba sobre sus hombros y se lo alargó a José.

—¡Oh! Gracias, gracias, hombre bueno y caritativo. Jehová te premie en la hora de la muerte, como mereces.

Y José, derramando lágrimas de agradecimiento, cubrió a su Esposa y al Niño con la capa del bandido.

—Ahora, buen viejo, síguenos con tu Esposa; mi castillo está cerca, y creo que admitirás el hospedaje que te ofrezco hasta que se despeje la tempestad que aún muge sobre nuestras cabezas.


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