El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Los santos viajeros aceptaron el ofrecimiento del bandido, y algunas horas después se hallaban instalados en la cocina del castillo, donde Dimas hizo encender una fogata para que se secaran la ropa. El hospitalario facineroso obsequió a sus huéspedes con una solicitud admirable. Sirvióles una cena abundante, y por su misma mano les hizo dos lechos formados de pieles de camello para que descansaran de la fatiga del viaje.
Al dejarles solos para que se entregaran al sueño, pidió permiso a la madre para dar un beso al Niño, y María le presentó a Jesús, diciéndole:
—Bésale, señor, pues tú le proteges.
Dimas imprimió un ruidoso beso en la frente del Mesías, y luego, saliendo de la habitación con sus compañeros, les dijo:
—No sé lo que he sentido en mi pecho al tocar con mis labios a ese Niño; pero parece que respiro mejor y me hallo como si toda mi sangre se hubiera purificado.
Poco después todos dormían en el castillo, tan sólo las nocturnas cornejas revoloteaban sobre los bordes de las murallas y en las grietas de las rocas.
Cuando a la mañana siguiente Dimas se encaminó a la habitación de sus huéspedes, la Santa Familia le recibió con una sonrisa de agradecimiento.