El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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El bandido hospitalario mandó disponer una abundante comida, y suplicó a la Santa Familia que saliera a tomar el aire a la plataforma del castillo.

—El día está hermoso —les dijo—; subid conmigo para que vuestro Hijo aspire el aire puro de la montaña.

Los huéspedes siguieron a Dimas, admirándose de la benevolencia del bandido. Dimas, fascinado ante la mirada de Jesús, no apartaba sus ojos de aquel hermoso Niño.

Viendo que nada le decían del motivo de aquel viaje que les obligaba a caminar durante la noche, como gente perseguida por la ley, no quiso preguntarlo, respetando aquel secreto que no le revelaban. Llegaron a la muralla, y trepando por una estrecha y empinada escalera, subieron a la plataforma del castillo. Dimas cogió en sus brazos a Jesús, y asomándole por las troneras, le enseñó unas ovejas que pacían junto a los fosos, diciéndole con afable y complaciente entonación:

—Esas ovejas que pacen tranquilamente a la sombra de los muros son nuestras, y aquel cabritillo, blanco como la leche de su madre, es tuyo; yo te lo regalo para que te acuerdes del hospedaje que te ha ofrecido el facineroso de los montes de Samaria.


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