El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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Jesús se sonrió como si hubiera comprendido aquellas palabras, y sus pequeñas y delicadas manos comenzaron a acariciar la crespa y larga cabellera del bandido. La tierna Virgen derramaba en silencio preciosas lágrimas de gratitud al contemplar aquel hombre envuelto en las pesadas redes del crimen que con tanta benevolencia trataba a su Hijo. José, acercándose a Dimas, le dijo con suplicante acento:

—Si eres bueno, si en tu corazón no se ha extinguido aún el amor a los desgraciados, ¿por qué no abandonas esta vida de sobresaltos y crímenes que puede conducirte a la perdición?

—Buen anciano —le contestó Dimas enviándole una sonrisa benévola—, el camino del crimen es una pendiente muy resbaladiza, y cuando el hombre da el primer paso, le es imposible detenerse. Yo era bueno… los hombres me hicieron malo y rencoroso… ahora es tarde.

La Santa Familia permaneció en el castillo hospitalario hasta la caída del sol. Durante su permanencia fueron obsequiados por el caritativo capitán de una manera delicada.

Cuando José se encaminó a buscar su modesta cabalgadura, un bandido, por orden de Dimas, la sacó del ronzal a la puerta de la fortaleza. Mientras José ayudó a subir a la Virgen sobre la pacífica pollina, Dimas cogió al Niño en brazos.


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