El mártir del Gólgota

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Éste hizo una reverencia y cogió el rollo del papiro, el cual comenzó a desdoblar con pausa.

La segunda carta de Octaviano Augusto, el emperador de Roma, decía así:

«Al rey de Judea por nuestro favor, Herodes el Escalonita, desde el Capitolio: salud.

»Mi querido idumeo: Roma tiene una ley conocida por sus ciudadanos con el nombre de Ley de las Doce Tablas o de los Decenviros; por si no la conoces te envío al patrono Mario Curio el Severo: es un sabio a quien desde ahora te aconsejo que tomes por defensor en la acusación que tus hijos Aristóbulo y Filipo entablan en contra tuya, por la muerte de su madre Mariamne. Sé su cliente, pues, y confía en que los dioses no te han de abandonar. Roma te concede el tiempo necesario para el viaje, y el emperador, tu amigo, te aconseja que no lo demores, porque ningún acusado, ni aun el César, puede evadir su persona ante los magistrados. Mario puede enterarte de la ley IV durante el viaje, para que te tranquilices. Te espera tu emperador.—Augusto».

Herodes terminó la carta, procurando dominar las encontradas emociones que agitaban su corazón.

Por una parte, el César, el poderoso Octaviano, el gran Augusto, el dueño del mundo, le llamaba querido y amigo, por la otra, sus hijos le acusaban ante los tribunales de Roma como asesino de su esposa.


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