El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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—¿Conque mis hijos me acusan y reclaman mi presencia en Roma?

—Y Roma no puede negarles lo que piden. Patricios y libertos, nobles y plebeyos, militares y sacerdotes, en fin, cuantos en las dilatadas provincias donde extiende sus alas el águila romana acatan la autoridad del César y de los magistrados de su imperio deben acatar la ley que justa e imparcial descansa escrita en las tablas del Capitolio.

—Pues bien, romano, yo acato la ley, y te nombro mi patrono. Léeme la ley IV de los decenviros.

—Antes de que yo te acepte por mi cliente es preciso que conozcas los deberes que unen hasta el día de su muerte al defensor y al defendido.

—Habla, pues.

El romano dejó el libro sobre una mesa, y con un ademán indicó a los esclavos que podían retirarse.

Cuando se quedó solo con Herodes, le dijo:

—Puesta tu mano sobre estas leyes que nos rigen y tu conciencia en los dioses que nos protegen, vas a jurar que desde el instante en que me tomes por tu patrono verás en mí la persona de tu hermano; que nunca me acusarás ante los tribunales, ni por ningún pretexto podrás ser testigo en cosa que en mi daño recayere, y que tu vida estará siempre dispuesta a salvar la mía.

—Lo juro —exclamó Herodes extendiendo la mano sobre el libro.


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