El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Algunas pieles de leopardo arrojadas por el suelo servían de alfombra, y en los cuatro ángulos de la habitación ardían cuatro braserillos de plata, embalsamando el ambiente con el perfume de la mirra y el nardo, que exhalado en blanca y caprichosa columna de transparente humo se elevaba en espiral hacia la bóveda artesonada, desapareciendo, después de perfumar la habitación, por un ancho tragaluz. La mesa estaba servida para la cena; la ausencia del mantel (pues no se empezaron a usar hasta mediados del reinado de Augusto) la suplía la extremada limpieza de la madera, que relucía como el ébano pulimentado. Veíanse colocados sobre ella cuatro jarrones de tierra de dos asas, blancos como la leche y finos como el nácar. En su seno los vinos se mantenían frescos y claros como los manantiales del Líbano. Estos jarrones tenían cada uno un pergamino cuadrado en donde se leía la clase de vino, el año de su cosecha, y el nombre del cónsul o dictador que gobernaba la república romana cuando se cogió la uva.
Sobre una inmensa torta de harina de trigo descansaba un cervato, rubio como el oro, embutido de yerbas aromáticas y pajaritos de pequeñas dimensiones.