El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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Alrededor de este plato seguían otros de vidrio que contenían dulces en conservas y preciosas frutas. Una ánfora de ámbar llena de agua y vinagre (bebida de que gustaban mucho los romanos) se hallaba al extremo de la mesa, y junto a los lechos dos grandes copas de oro de ancha boca, incrustadas con caprichosas figuritas de realce, que se quitaban y ponían durante la conversación alegre y animada de los postres. A un extremo de la habitación veíase una pila de mármol blanco, y encima de ésta dos perchas de madera de naranjo de las que colgaban dos toallas de finísimo lino.

Paulo, después de haber pasado revista con la mirada a todo cuanto le rodeaba, fijó sus ojos en los manjares, y extendiendo sus brazos sobre ellos, exclamó con entonación cómica.

—El dios Pan, protector de los ganados, prolongue tu familia, inocente cervatillo. El alegre Baco fecundice con su calor divino los regalados campos de Italia, en donde brota entre verdes pámpanos el Sorrento, el Lágrima, el Falerno, el Másico, el Calvi, el Cesabo y el Sezano. Y tú, bulliciosa Comus, diosa de los banquetes y las francachelas, derrama sobre Antipatro, mi anfitrión, todos tus dones, y concédele un estómago fuerte e incansable como el de los avestruces, para que nunca sienta los horrores de la indigestión en sus gloriosas batallas sibaríticas.


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