El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Asà sea —exclamó el hijo de Herodes soltando una carcajada.
Entonces los dos amigos se despojaron de aquellas prendas de ropa que podÃan molestarles durante la comida, y después de lavarse las manos en la pila de mármol, se arrollaron la toalla por el cuello y fueron a tumbarse en el lecho, quedando apoyado su brazo izquierdo y la cabeza levantada en proporción a la mesa; comenzaron a comer con los dedos del sabroso cervatillo,[95] arrancando con el Ãndice y el pulgar pedazos de carne con una facilidad asombrosa.
—Pero, ¿y Enoé?, ¿dónde se oculta? —preguntó Paulo, que habÃa echado de menos a la judÃa—. ¿Por qué no cena con nosotros?
—Enoé, amigo mÃo, ha desaparecido como un sueño fantástico; pero yo te juro por la diosa Cibeles que la volverás a oÃr como una realidad encantadora.
—Los dioses saben lo que siento su ausencia.
—¡Bah! ¿Qué te importa a ti esa esclava?
—Soy romano, y como tal, supersticioso, y en todo banquete en que el número de convidados son menos que las Gracias o más que las Musas, antes del año el vino suele tornarse sangre.