El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —¡A la salud tuya, Paulo, y a la salud mía, que soy tu amigo! —exclamó Antipatro levantando una copa a la altura de su frente, y como si no quisiera dar oídos a la superstición de su compañero, que, sin embargo, le había hecho palidecer.
—¡A la salud del César Augusto! ¡Por la gloria de Roma y por la prosperidad de los hijos del Tíber!
Los dos amigos vaciaron de un solo trago las copas.
—¡Delicioso Falerno!
Y Paulo cogió otra jarra para volver a llenar las copas.
Sus ojos se fijaron en el pergamino que contenía el nombre y la edad del vino, y exclamó lleno de gozo leyendo la inscripción:
—¡Poder de Baco! «Sorrento puro, año 636 de la fundación de Roma, siendo dictador Lucio Cornelio Sila». ¡Tirano ilustre, que obligaste al general Mario a que muriera de hambre en los pantanos de África, tú que con tu Tabla de proscripción anegaste en sangre las calles de Roma, robando el sueño a los patricios, y fuiste devorado por los gusanos antes de ser cadáver, álzate de tu fosa y saluda a un contemporáneo que ha sabido sobrevivir a tu sanguinario reinado!
Y Paulo, después de este discurso histórico, tomó aliento, y dijo con voz hueca y burlona:
—¡A la salud del dictador Sila!