El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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Antipatro bebió sin hablar: indudablemente alguna idea preocupaba al afeminado hijo de Herodes.

—¡Por los sagrados bosques del divino Julio! —volvió a decir Paulo acercándose un plato de conserva— que a no verte a mi lado, a no saber que mi caballo cordobés come su pienso en las cuadras del palacio de Jericó, a no estar plenamente convencido de que el Jordán se arrastra sobre su lecho de arena a pocos pasos de nosotros, creería, al aspirar los gratos perfumes que me embriagan, que me hallaba en el aromático y fascinador baño de una patricia romana.

En este momento, el silencioso Antipatro, sin que su alegre compañero le observara, apoyó el dedo índice de su mano derecha sobre una de las molduras de la cama, y la aguda vibración de un timbre de acero se extendió por los ámbitos de la sala.

—¡Ah! —dijo Paulo girando los ojos en torno de sí, como si buscara aquel eco de metal que resonaba en sus oídos—. Ese timbre me anuncia otra nueva sorpresa; pero te advierto, querido anfitrión, que un romano del tiempo de Augusto no se admira tan fácilmente cuando los humos del Sorrento y el Falerno comienzan a embriagarle la cabeza.

—No trato de sorprenderte; sólo quiero cumplirte mi palabra —respondió el hijo de Herodes—. ¿Recuerdas que te he ofrecido que volverías a oír a Enoé como una encantadora realidad?


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