El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Es cierto.
—Pues bien, escucha y juzga.
En este momento comenzaron a oÃrse las dulces y melodiosas notas de un salterio.
Su poética y sentida cadencia, sus melodiosos acordes, se extendieron con adormecedora vaguedad por los ámbitos de la habitación.
DirÃase que aquel melancólico instrumento herido por la mano de un ángel, derramaba desde los cielos torrentes de armonÃa sobre los dos amigos.
Paulo suspendió el manjar que iba a llevarse a la boca; estaba extasiado. Aquello era un sueño, un canto de Homero puesto en acción ante sus ojos, una poesÃa de Virgilio recitada por un coro de diosas.
El salterio suspendió un instante sus notas, que inmediatamente volvieron a oÃrse, pero esta vez acompañadas de una voz humana; voz de mujer, pero tan melodiosa, tan dulce, tan melancólica como el gemido que arranca el céfiro a las arpas aéreas suspendidas de las melancólicas ramas de un sauce del bosque de Efraim.
Aquella voz cantó lo siguiente:
Yo soy el ruiseñor del bosque umbrÃo,
y a la pálida luz de las estrellas
exhala el pecho mÃo
dulcÃsimas querellas.
Yo soy el colorÃn que vio su nido
del rÃo santo en la feraz ribera;