El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —¿Tu hermana? —preguntó con alguna duda Paulo.
—¡Mi hermana, Atme, mi hermana! Te juro por la memoria de mi desgraciada madre que no profanaré esa bella sensitiva sin darle antes el nombre de esposa.
Y Antipatro, al invocar el recuerdo de su madre, se estremeció visiblemente.
—¿Qué tienes? —le preguntó Atme.
—Nada, amigo mío; cuando recuerdo a mi madre, veo sangre ante mis ojos… Pero hablemos de otra cosa. ¿Te gusta el oro?
A Paulo le admiró esta pregunta; pero dio esta respuesta:
—La vida es cara en Roma, y la paz empobrece al soldado.
—Pues bien, yo puedo enriquecerte.
—Ofrecimiento es ese que me admira. Sepamos lo que me cuesta la fortuna que me ofreces.
—Júrame antes que, si no aceptas mis condiciones, morirá contigo el secreto de mis planes.
—Lo juro por mi espada de soldado.
—Ahora, cambiaremos los puñales y las copas, y escucha, pues desde este momento Paulo Atme el Atrevido será el hermano de Antipatro.
Los dos amigos descolgaron a un tiempo sus dagas del tahalí y las trocaron; después, llenando las copas, se las ofrecieron mutuamente.