El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Y quitándose la culebra que se enrollaba por su cuello, se la alargó a su esclavo, diciendo después de acariciarla:
—Macron, toma a mi favorita, guárdala. Mi ilustre tÃo siente sin razón, repugnancia hacia esos reptiles. Todos los grandes hombres tienen cosas pequeñas. Julio César, nuestro glorioso pariente, se ocultaba en los sótanos de su palacio cuando las nubes tronaban sobre Roma; Augusto, mi tÃo, se estremece a la sola vista de una culebra.
Macron, que nada decÃa, se metió con impasibilidad la culebra en el pecho, y mientras Tiberio subÃa las anchas escaleras del palacio, se encaminó a las caballerizas, seguido de sus corceles.
Cuando Tiberio llegó a la antecámara del emperador, dijo lacónicamente a uno de los lictores que salió a su encuentro:
—Di a César que Tiberio está aquÃ.
Poco después, Augusto estrechaba gozoso a su sobrino entre sus brazos.
—Mi querido tÃo —le dijo Tiberio—, tú has querido que abandonara mi roca solitaria[111] para instalarme en tu palacio de Roma, y tus deseos son órdenes para Tiberio: aquà me tienes.