El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Los años comienzan a doblar mi cuerpo hacia la tierra, querido sobrino —le dijo Augusto—. Necesito un brazo joven y robusto que dirija el imperio después de mi muerte; y quiero colocar sobre tu frente mi corona, mi manto imperial sobre tus hombros.
Tiberio se inclinó, más que por agradecimiento hacia su tÃo por ocultar la inmensa alegrÃa de su corazón.
—Yo soy tu primer esclavo, señor —le dijo—, manda; pero preferirÃa la soledad de mi roca de Rodas al estruendo de Roma.
—Te he llamado —continuó Augusto desatendiendo las palabras de Tiberio— porque deseo instruirte en los deberes de un rey clemente y justiciero. La paz, hijo mÃo, debe ser el primer afán de los reyes.
Tiberio volvió a inclinarse.
Asà permanecieron por espacio de una hora. Augusto habÃa dispuesto que su sobrino se instalara en su mismo palacio, en una cámara contigua a la suya. Cuando el emperador manifestó que podÃa retirarse, pues al dÃa siguiente continuarÃan su interrumpida conversación, Tiberio le dijo:
—Señor, antes de separarnos quisiera interceder por un desgraciado que gime en un calabozo a orillas del Ponto Euxino, recordando en su soledad los encantos de Roma, los goces de la vÃa Appia.