El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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Augusto frunció el ceño: y una mirada de cólera cruzó como un rayo por sus ojos, siempre bondadosos. Su rugosa mano cogió el brazo de su sobrino, apretándole con una fuerza increíble a sus años, un temblor nervioso agitó su cuerpo y luego, con una pausa cruel dijo, mirando con severidad a Tiberio:

—Ovidio Nasón, el poeta cínico, el corruptor de la juventud romana, aunque dotado por Apolo de un numen fecundo y creador, morirá encerrado en los calabozos de Sarmacia: no vuelvas nunca a interceder en su favor. Roma y sus placeres no existen para él.[112]

Augusto despidió con un ademán a Tiberio, que salió de la cámara sin despegar los labios.

El emperador quedóse un momento preocupado, taciturno, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada en el suelo, como si el nombre de Ovidio, el cantor inspirado del Artis Amatoriœ, de Medea y del poema La batalla de Accio, hubieran evocado en su mente recuerdos dolorosos. De esta actitud vino a sacarle un lictor, anunciándole que una mujer extraña y cubierta de polvo, que decía venir de Delfos, mostraba gran empeño en hablarle, a pesar de lo avanzado de la noche.

Augusto volvió a reponerse oyendo las palabras del lictor.

—¿Qué quiere de mí esa extranjera? —preguntó César.


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