El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Dice que viene a hablarte de parte del oráculo de Delfos.
Augusto se estremeció.
—¿Te ha dicho su nombre?
—SÃ, pero todos nos hemos reÃdo: debe ser una loca. Dice que se llama la sibila Cumana.
—Abridle las puertas —exclamó Augusto estremeciéndose—; dejad pasar a la enviada del oráculo de Delfos.
La Cumana, apoyada en su cayado, entró en la cámara del emperador. Ocho lictores con sus varas de sarmiento en la mano se quedaron junto a la ancha cortina de la puerta, como esperando la orden de su señor. La sibila, con paso grave, fatÃdico, misterioso, llegó a colocarse a tres codos de Augusto. Éste miraba a aquella mujer misteriosa con espanto.
—Tú ya no eres Augusto —le dijo la Cumana, con una voz que parecÃa salir de una tumba—, el rey más poderoso y más grande de la tierra, porque ha nacido tu Señor en Belén de Judá. He aquà la última revelación de Apolo antes de enmudecer para siempre, antes de bajar al infierno por una eternidad.
La sibila partió la varilla de acero que llevaba en la mano; las vÃboras de metal que adornaban su extremo se agitaron, y sacando un papiro arrollado, lo puso en las manos de Augusto.