El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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El César, sobrecogido, desenrolló el papiro y se puso a leer con voz insegura estos tres versos, últimas palabras del oráculo de Delfos:

Me puer hebraeus, divos deus ipse gubernans

Cedere sede jubet, tristemque redire sub orcum

Aris ergo lime Tacitis abcedito nostris.[113]

Apenas Augusto había pronunciado la última palabra de los tres versos del oráculo, cuando la Cumana, extendiendo el brazo hacia Oriente, exclamó:

—De Israel brota la luz que ha de disipar las tinieblas. ¡Ay de los ciegos idólatras del Olimpo! ¡Ay de los dioses paganos! Jesús les ha mandado enmudecer, y caen de los soberbios pedestales ante su glorioso nombre para bajar al infierno.

Augusto apretaba el papiro entre sus dedos, temblando ante el fatídico eco de la sibila. Gruesas gotas de sudor caían de su frente.

La Cumana continuó:

—Ya he cumplido la última misión del oráculo. ¡Atropos, corta el hilo de mi existencia!

La sibila lanzó un gemido doloroso, extenso.

El cayado se desprendió de sus manos, sus ojos se cerraron y cayó desplomada sobre la alfombra.

Augusto, espantado, salió de la estancia, oprimiendo los fatídicos versos con temblorosa mano.


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