El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Los lictores se abalanzaron a recoger a la sibila; pero al colocar sus manos sobre el cuerpo de la Cumana, sólo hallaron un esqueleto envuelto en un oscuro ropón que la cubría. El pánico se apoderó de los servidores del César, y huyeron de aquella estancia.
Mientras tanto, Augusto llegaba al camarín de Herodes, y el idumeo, viéndole entrar con el semblante descompuesto, sentóse sobresaltado sobre los almohadones de su lecho.
—Dime —le dijo el emperador sin darle tiempo—: ¿sabes tú algo de ese Rey poderoso, de ese nuevo Dios de dioses que los oráculos dicen haber nacido en Belén de Judá?
Herodes, reponiéndose un poco de la sorpresa que aquella visita le causaba, explicó a Augusto la llegada de los caldeos a Jerusalén, el rumor del pueblo hebreo, y las profecías de Daniel comentadas por los rabinos. El César quedóse pensativo, y después de una breve pausa, dijo:
—Tú partes mañana; pues bien, búscame a ese Niño, a ese Jesús anunciado por los profetas, y mándale a Roma escoltado como a un Rey poderoso; quiero que entre por la vía Triunfal en mi carro de oro, quiero tributarle los honores del triunfo.
Herodes prometió buscar a aquel Niño y cumplir las órdenes del César.