El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Cuando poco después Augusto se dejaba caer en su lecho, agitado y calenturiento, con el papiro en la mano que encerraba los tres versos del oráculo de Delfos, un lictor entró a decirle que la sibila Cumana habÃa muerto.
—Pues bien —les respondió Augusto—, enterrad su cadáver en los fosos de la muralla, y no volváis a interrumpirme: quiero estar solo.
—Señor —volvió a decir el lictor con una entonación que demostraba claramente el miedo de que se hallaba poseÃdo—, no es un cadáver, es un esqueleto.
—Pues bien, enterrad el esqueleto.
Los lictores, aunque con repugnancia, fueron a obedecer las órdenes del César, pero el esqueleto de la sibila Cumana habÃa desaparecido.[114]