El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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—¡Achiab! ¡Achiab! —gritó el feroz idumeo clavando sus espantados y vidriosos ojos en el niño, que temblaba de miedo a su lado—, si algún día llegas a colocar una corona sobre tus sienes, recuerda la historia de Amullio, Remo y Rómulo… ¡Mata, hijo mío, mata! Porque los usurpadores siempre usurpan, con el poder, la vida a los reyes.

El niño, que era el enfermero de su abuelo, creyendo que aquellos gritos eran hijos de los agudos dolores que padecía, trémulo y aturdido, cogió una copa, y vaciando en ella el contenido de una botella, fue a ofrecérsela a su abuelo, diciéndole:

—Bebe; esto te calmará.

—¡Ah! —exclamó el enfermo—. ¿Con que tú también quieres envenenarme?

Esta desconfianza hizo ruborizar al joven. Dos lágrimas se desprendieron de sus ojos, y por única respuesta aplicó a sus labios la copa, apurando la mitad de su contenido.

—Bebe, abuelito —volvió a decirle.

Herodes, como avergonzado de aquella sospecha, apuró el resto de la copa, y luego dijo, procurando endulzar su acento:

—¡Vete, Achiab, vete! Quiero estar solo con Cingo.

El niño salió, después de besar la frente del anciano.


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