El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota El rey y el esclavo quedaron solos.
Entonces Herodes se incorporó, y clavando sus fosfóricos ojos en Cingo le dijo, extendiendo su brazo hacia la puerta.
—¡A Belén, Cingo, a Belén, y que no quede ni un belemita de dos años abajo en todos sus contornos! Soy el rey de Judá y quiero que a mi muerte mi corona pase a mis hijos y a los hijos de mis hijos.
Cingo salió sin despegar los labios a obedecer las órdenes de su señor. El idumeo, cuando se vio solo, murmuró estas palabras:
—Augusto quiere que le mande a Jesús como a un rey, para tributarle los honores del triunfo. ¿Querrá darle mi corona?
Y comenzó a acariciar la corona, que siempre tenía a su lado, y a sonreír de un modo feroz, diciendo:
—No irá a Roma, no irá a Roma. Los muertos, no reinan, ni hablan, ni se vengan.