El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Entonces colocó la pierna de carnero suspendida de un garfio junto a la llama y mientras se asaba amasó una torta con la amarillenta harina y el agua de los odres. Media hora después, el huérfano aventurero comía tranquilamente y libaba el delicioso zumo de la vid, sentado en mitad de la cocina del castillo. En esta tranquila ocupación se hallaba el atrevido Dimas, cuando apercibió un ruido sordo en las profundidades de la tierra.
Dimas, después de fijar un momento su atención, continuó su interrumpida cena, haciendo un movimiento de hombros con indiferencia. El ruido se aproximaba cada vez más. Diríase que muchos hombres hablaban y arrastraban pesados fardos por debajo de la tierra que le servía de base. De pronto se oyó un crujido extraño y agrio en el pavimento, como si un cerrojo o una barra de hierro enmohecida se hubiera descorrido. El huérfano siguió comiendo como si nada hubiera oído; sólo por precaución cogió el puñal que se hallaba junto a las viandas y se puso a picar con su punta la piedra que le servía de mesa. Hundióse un trozo del pavimento, y Dimas vio abierta a su lado una boca del diámetro de cinco pies cuadrados. Dos manos se apoyaron en el borde de aquella abertura y luego apareció la cabeza y después el cuerpo de un hombre que saltó con ligereza dentro de la cocina.