El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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Este hombre no vio a Dimas, pues volviéndose de espaldas inclinó su cuerpo sobre el agujero y extendiendo los brazos, a los cuales se cogieron otras manos, tiró hacia sí con fuerza y otro hombre saltó desde la cueva a la cocina, y así sucesivamente, ayudándose los unos a los otros, salieron catorce forajidos, como si la tierra los vomitara, de repugnante catadura, de sucio y descompuesto atalaje.

El primer efecto que produjo a los bandidos la presencia de un hombre que comía tranquilamente en su madriguera fue el de asombro; pero repuestos instantáneamente, lanzaron un rugido y desnudando los largos puñales, se abalanzaron sobre Dimas.

Éste se puso en pie de un salto, y retrocediendo unos pasos con el cuchillo en la mano, les gritó con entereza:

—¡Eh, compañeros! Los lobos no deben morderse unos a otros. Y después el desagradecimiento es un defecto despreciable. ¡Por los cuernos del altar de Sión! ¿Conque os he preparado la cena, para ahorraros trabajo, y queréis matarme en pago al servicio voluntario que acabo de prestaros?

Los bandidos se miraron con asombro.

Aquella mirada podía traducirse por esta pregunta: «¿Quién es este loco?»


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