El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Es verdad, Cingo; con esos soñadores eternos, con esa raza terca y atrevida de Aarón, los reyes que ocupen el trono de Jerusalén es preciso que se jueguen el todo por el todo; sólo la muerte extermina a los enemigos irreconciliables… Mata, Cingo, mata si es necesario.
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Al otro dÃa, los aclamadores de oficio, los bajos herodianos que anhelaban elevar a su señor sobre el altar del santo templo como a un Dios, saludaron a Herodes con furiosos y repetidos vivas, apenas se presentó en la plaza para trasladarse a los baños de Calliroe.
Herodes no era cobarde; pero en los últimos dÃas de su vida tuvo miedo a dos fantasmas que se levantaban a todas horas en su calenturienta imaginación: la rebelión, que le cercaba por todas partes, y los niños Juan y Jesús, aclamados en voz baja por los israelitas como los próximos libertadores de las doce tribus. Esto le quitaba el sueño.
Antes de abandonar la ciudad santa quiso mostrar a sus legiones su munificencia, su esplendidez para con los leales servidores de su trono, distribuyendo cincuenta dracmas a cada soldado y doscientas a cada capitán, sin contar muchÃsimos dones que distribuyó a sus amigos.