El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Seguro por esta parte de la fidelidad de sus legiones, porque el ejército entonces aclamaba por su señor al que con más largueza pagaba sus aclamaciones, salió de la ciudad santa seguido de un brillante acompañamiento, entre el que se hallaba una parte de su familia y los cuatro médicos de cámara.
Cingo se quedó en Jerusalén. El negro debía derramar sangre inocente y manchar con ella la casa de Dios.
El santo sacerdote Zacarías, el padre del Bautista, el sabio preceptor de la Virgen, estaba sentenciado a muerte. Sus verdugos no retrocedieron ante el horroroso y sacrílego crimen que iban a cometer. Cingo y sus infames compañeros se presentaron en el templo de Sión con el puñal homicida en la diestra. El anciano sacerdote se hallaba desempeñando sus santos oficios en el atrio interior de la casa de Jehová. Los verdugos le preguntaron por su hijo. Él, que ignoraba su paradero, respondió sencillamente que estaba en su casa de Aín, y que si allí no se hallaba, le era imposible decir dónde estaba.
Esta respuesta sencilla y verídica fue tomada por una negativa burlona y despreciativa, y el pobre anciano cayó a los pies de sus asesinos bañado en su sangre inocente.