El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —¡Nadie lo toque! —exclamó uno de los bandidos cuya barba blanca, ademán altivo y lujoso traje decÃan bien claramente que debÃa ser el capitán—. ¿Quién eres? —le preguntó después de examinarle atentamente con una mirada de águila.
—Soy un compañero vuestro, un joven que comienza el oficio lucrativo que profesáis, y que admirado de vuestras proezas viene a que le perfeccionéis con vuestro saber en los secretos del arte.
Los bandidos soltaron una carcajada estrepitosa.
—¿Os reÃs? —exclamó Dimas, imitando la hilaridad de los facinerosos—. Me alegro infinito: eso quiere decir que ya comenzamos a ser amigos, y por lo mismo voy a pediros un favor: ¿Queréis prestarme veinte onzas romanas?
Los bandidos se miraron como queriendo decirse: «No hay duda, está loco». Sólo el capitán no demostró asombrarse de las palabras de Dimas. Sus ojos, penetrantes como los del ave de rapiña oculta en los matorrales, se fijaban de una manera tenaz en la franca y altiva fisonomÃa del joven.