El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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—Comprendo vuestro asombro —volvió a decir Dimas, viendo que nadie le contestaba—. Antes de pediros dinero debía haberos explicado el motivo que me obliga a solicitar un préstamo la primera vez que tengo el honor de trataros, pero por el sombrío Balaal, a quien todos pertenecemos, os suplico que toméis asiento y no me miréis con ojos espantados.

Dimas contó en pocas palabras lo que desde la muerte de su padre le había acontecido en Jerusalén y sus cercanías. Al terminar su relato, el viejo capitán, que hasta entonces sólo había despegado sus labios para prohibir a su gente que hicieran daño a su atrevido huésped, dio un terrible puñetazo sobre sus rodillas y, arrojando en las manos de Dimas un puñado de plata que sacó de una bolsa de cuero que colgaba de su cintura, exclamó con voz cavernosa:

—Toma y paga tu deuda, joven, porque es sagrada. Si eres ingrato a los beneficios, Belcebuth[3] te envíe sus asquerosas legiones y devorado seas por ellas; si eres leal, Gad[4] te eleve sobre los rayos de su rueda y proteja tu cuerpo del hierro homicida.

—Gracias, anciano. Dimas te probará que no has sembrado el favor en tierra infecunda.

—Mi nombre es Abaddon;[5] soy samaritano, no lo olvides; con la misma facilidad tenderé la mano para prohijarte que para exterminarte.


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